El Periquillo Sarniento. Tomo I

El Periquillo Sarniento. Tomo I

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Toda la comparsa soltó la carcajada luego que concluí mi desatinada arenga, y me ofrecieron su amistad, consejos e instrucciones. Se le dio otra vuelta al calabazo, y no tardamos mucho en verle el fondo, así como se lo vimos a las cazuelas.

Nos fuimos a acostar en los petates, que cierto que son camas bien incómodas, y más, juntas con el poco abrigo. Sin embargo, dormimos muy bien a merced del aguardiente que nos narcotizó o adormeció luego que nos tiramos a lo largo.

Al día siguiente se levantó Anita la primera, dejando dormida a su infeliz criatura; fue a traer atole y pambazos y nos desayunamos.

Luego que pasó el tosco desayuno, se fueron todos marchando para la calle con sus respectivas insignias. Yo me envolví la cabeza con unos trapos sucios, me colgué un tompeate con una olla al hombro, tomé mi palo, un perrito bien enseñado para que me guiase y salí por mi lado.

Al principio me costaba algún trabajillo pedir; pero poco a poco me fui haciendo a las armas, y salí tan buen oficial, que a los quince días ya comía y bebía grandemente, y a la noche traía seis y siete reales, y a veces más, a la posada.


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