El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I Algún tiempo me mantuve a expensas de la piedad de los fieles mis amados hermanos y compañeros. De día hacía yo muy bien mi diligencia, pero mejor de noche, pues como entonces no tenía gota de vergüenza, importunaba con mis ayes a todo el mundo con tan lastimosas plegarias, que pocos se escapaban de tributarme sus mediecillos.
Una de estas noches, estando parado junto a la santa imagen del Refugio pidiendo con la mayor aflicción, ponderando mi necesidad y diciendo que no había comido en todo el día, aunque tenía en el estómago bastante alimento y algunos tragos del de caña, pasó un hombre decente a quien le acometí con mis acostumbrados quejumbres, y él deteniéndose a escucharme, me dijo:
-Hermano, me siento inclinado a socorrerlo, pero no tengo dinero en la bolsa. Si usted quiere, venga conmigo que no le pesará.
-Sea por amor de Dios -le dije-, yo iré con su merced a recibir su bendita caridad; pero es menester que tenga tantita paciencia, porque yo no miro, y necesito de ir junto a su buena persona.
-Esto es lo de menos -dijo el caballero-; yo, que deseo socorrerlo, hermano, nada perderé en servirle de lazarillo. Venga usted.