El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I Yo le conté todo lo que me había pasado, al pie de la letra, sin olvidar el infernal arbitrio que tenía la perversa Anita de pellizcar a su inocente hijito para hacerlo llorar y conmover a los incautos, contándoles cómo lloraba de hambre.
Pateaba el caballero de cólera al oír esta inhumanidad, y no pudo menos que rogarme lo acompañara a enseñarle la casa, jurándome ocultar no sólo mi persona sino mi nombre.
No me pude excusar a sus ruegos, pues por más que me daban lástima mis compañeros, los cincuenta pesos me estimulaban imperiosamente a condescender con los ruegos de mi generoso bienhechor; y así, vistiéndome otros desechos y capotillo viejo que él me dio, salimos de la casa y fuimos derechos a la de un alcalde de corte, que informado de todos los pormenores del asunto, le facilitó a mi protector un escribano y doce ministriles, con los que sin perder tiempo nos dirigimos a la triste choza de los falsos mendigos.
Yo me quedé oculto entre los alguaciles, y éstos cayeron a toda la cuadrilla con la masa en las manos. Los amarraron y los llevaron a la cárcel, juntamente con los parches, aceites, muletas y tompeates, pues decía el escribano que todo aquello se llevaba con los reos, pues era el cuerpo del delito.