El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I -¿Qué he de decir? –respondió mi madre-; sino que tú te empeñas en mortificarme y en hacer infeliz a esa pobre criatura, tratando de ordinariarlo poniéndolo de artesano, y por eso hablas y ponderas tanto. Pues qué, ¿ya sabes que es un tonto? ¿Ya sabes que te vas a morir en la mitad de sus estudios? ¿Y ya sabes, por fin, que porque tú te mueras se cierran todos los recursos? Dios no se muere; parientes tiene y padrinos que lo socorran; ricos hay en México harto piadosos que lo protejan y yo que soy su madre pediré limosna para mantenerlo hasta que se logre. No, sino que tú no quieres al pobre muchacho; pero ni a mí tampoco, y por eso tratas de darme esta pesadumbre. ¿Qué he de hacer? Soy infeliz y también mi hijo...
Aquí comenzó a llorar la alma mía de mi madre, y con sus cuatro lágrimas dio en tierra con toda la constancia y solidez de mi buen padre; pues éste, luego que la vio llorar la abrazó, como que la amaba tiernamente, y la dijo:
-No llores, hijita, no es para tanto. Yo lo que te he dicho es lo que me enseña la razón y la experiencia; pero si es de tu gusto que estudie Pedro, que estudie norabuena; ya no me opongo; quizá querrá Dios prestarme vida para verlo logrado, o cuando no, su Majestad te abrirá camino, como que conoce tus buenas intenciones.