El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I También regalé mi paladar con el pescado fresco, que lo hay muy bueno y en abundancia, y así con estas bagatelas entretuve las incomodidades que sufría con el calor y la poca sociedad, pues no tenía muchos amigos. A más de esto, la privación de las diversiones de esta ciudad y el temor de la navegación, que me urgía bastante, como urge al que jamás se ha embarcado y tiene que fiar su vida a la furia de los vientos y a la ninguna firmeza de las aguas, no dejaba de mortificarme algunas veces.
Llegó el día en que nos habíamos de dar a la vela. Se entregaron al capitán los forzados, nos embarcamos, se levantaron las anclas, cortaron los cables, y con el ¡buen viaje! gritado por los amigos y curiosos que estaban en el muelle, fuimos saliendo de la bocana a la ancha mar.
Desde este primer día nos pronosticó el cielo una feliz navegación, pues a poco de habernos alejado del puerto se levantó un viento favorable que, llenando las velas que se habían desplegado enteramente, nos hacía volar a mi entender con la mayor serenidad, pues a las cuatro horas de navegación ya no veía yo, ni con anteojos, las que llaman Tetas de Coyuca, que son los cerros más elevados del Sur, y la primera tierra que se descubre desde el mar.
Esto algo me entristeció, como que sabía lo largo de la navegación que me esperaba.