El Periquillo Sarniento. Tomo I

El Periquillo Sarniento. Tomo I

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En las tertulias que tenía con los soldados, les oí algunas veces murmurar alegremente de los sargentos. De unos decían que eran crueles, de otros que eran ladrones y que se aprovechaban de su dinero comprando camisas, zapatos, etc., a un precio y cargándoselos a ellos a otro. En fin, hablaban de los pobres sargentos las tres mil leyes: Yo consideraba que tal vez serían calumnias y temeridades, pero no me atrevía a replicarles, porque como no había estado bajo el dominio de los sargentos el tiempo necesario para experimentarlos, no podía hablar con acierto en la materia.

Así pasé algunos meses hasta que llegó el día de partirnos para Acapulco, como lo hicimos, conduciendo los reclutas que habían de ser embarcados para Manila.

No hubo novedad en el camino; llegamos con felicidad a la ciudad de los reyes, puerto y fortaleza de San Diego de Acapulco. No me admiraron sus reales tamarindos, ni la ciudad, que por la humildad de sus edificios, mal temperamento y pésima situación, me pareció menos que muchos pueblos de indios que había visto; pero en cambio de este disgusto, tuve la sorprendente complacencia de ver por la primera vez el mar, el castillo y los navíos, que supuse serían todos como el San Fernando Magallanes, que estaba anclado en aquella bahía. A más de esto me divertí con las morenas del país, que aunque desagradables a la vista del que sale de México, son harto familiares y obsequiosas.


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