El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I la escena senado sobre ellos), cuando juró, perjuró, blasfemó, ofreció galas considerables, e hizo cuantas diligencias pudo por librar sus intereses, pero no le valió; los marineros, gente pobre y que en estos casos no respeta ni Rey ni Roque, lo hicieron a un lado y arrojaron al mar sus baúles y cajones.
Quizá éstos eran los más pesados que llevaba el buque, pues luego que se vio libre de ellos comenzó a sobreaguar, y espiando el barco por la popa con el anclote esperanza y la ayuda del cabrestante, salimos a mar libre y se desencajó del banco en un momento.
No es posible ponderar el regocijo que ocupó los corazones de todos al verse libres de un riesgo del que pocas navegaciones escapan, y más que ya muchos habíamos creído morir de hambre. Sólo el práctico flojo y el miserable egoísta estaban ocupados de la mayor melancolía, que en este último pasó a la más funesta desesperación, pues cansado de llorar, jurar, renegar y desmecharse, viendo que el barco se apartaba del lugar donde dejaba su tesoro, lleno de rabia y ambición, dijo:
-¿Para qué quiero la vida sin dinero?
Y diciendo y haciendo, se arrojó al mar, sin que lo pudiéramos estorbar ninguno de cuantos estábamos a su lado.