El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I En vano fue la diligencia de echar al agua una guíndola, pues como no sabía nadar, en cuanto cayó se fue a plomo y desapareció de nuestra vista, dejándonos llenos de compasión y espanto.
El piloto, que no soltaba la sonda de la mano, cuando se vio fuera de los bancos y en un lugar proporcionado, hizo fondear la nao y asegurarla con las anclas; se recogieron las velas, se amarró el timón y se echaron al mar todos los esquifes, botes y lanchas que llevábamos, y tripulándose con la gente más útil y algunos buenos buzos, se embarcó con ellos y fue a tentar la restauración de los caudales, lo que consiguió con tan feliz éxito, que ayudado del tiempo sereno que corría, a las veinticuatro horas ya estaban en el navío todos los baúles y cajones de plata que se habían tirado, hasta los del infeliz y avaro egoísta, cuyo cuerpo tuvo menos suerte que su dinero, y quién sabe si su alma la tendría más desgraciada que su cuerpo.
Reembarcados los intereses en el navío y reconocidos por sus dueños por respectivas marcas, se hizo una general promesa a María Santísima en muy justa acción de gracias por tanto beneficio, y tomada razón de los cajones y baúles que pertenecían al egoísta, se entregaron en depósito al coronel para que los pusiera en manos de su desgraciada familia, que era más digna de poseerlos.