El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I Tampoco me parece fuera de la razón que los amos y toda clase de superiores se manejen con alguna circunspección con sus súbditos. Esto está en el orden, pues si todos se trataran con una misma igualdad, éstos perderían el respeto a aquéllos, a cuya pérdida seguiría la insubordinación, a ésta el insulto, y a éste el trastorno general de los estados. Mas no puedo coincidir con que esta cierta gravedad, o seriedad, pase en los superiores a ser ceño, orgullo y altivez. Estoy seguro de que así como con lo primero se harán amables, con lo segundo se harán aborrecibles. Es una preocupación pensar que la gravedad se opone a la afabilidad, cuando ambas cosas cooperan a hacer amable y respetable al superior. Cosa ridícula sería que éste se expusiera a que le faltaran al debido respeto los inferiores, haciéndose con ellos uno mismo; pero también es cosa abominable el tratar a un superior que a todas horas ve al súbdito erguido el cuello, rezongando escasísimas palabras, encapotando los ojos y arrugando las narices como perro dogo. Esto, lejos de ser virtud, es vicio; no es gravedad, sino quijotería. Nadie compra más barato los corazones de los hombres que los superiores, y tanto menos les cuestan, cuanto más elevado es el grado de superioridad. Una mirada apacible, una respuesta suave, un tratamiento cortés, cuesta poco y vale mucho para captarse una voluntad; pero por desgracia la afabilidad apenas se conoce entre los grandes. La usan, sí; mas la usan con los que han menester, no con los que los han menester a ellos.