El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I No desampararon el cadáver hasta que lo cubrió la tierra. La música fúnebre lograba las más dulces consonancias con los tristes gemidos de los pobres, legítimos dolientes del difunto, y las bóvedas del sagrado templo recibían en sus concavidades los últimos esfuerzos del más verdadero sentimiento.
Concluida esta religiosa ceremonia, me volví a la casa lleno de tal dolor, que en los nueve días no estuve apto ni para recibir los pésames.
Pasado este término, el albacea hizo los inventarios; se realizó todo, y se cumplió la voluntad del testador, entregándome la parte que me tocaba, que fueron tres mil y pico de pesos, los que recibí con harta pesadumbre por la causa que me hacía dueño de ellos.
Pasados cerca de tres meses me halle más tranquilo, y no me acordaba tanto de mi padre y favorecedor; ya se ve que me duró la memoria mucho tiempo respecto de otros, pues he notado que hijos, mujeres y amigos de los difuntos, aun entre los que se precian de amantes, suelen olvidarlos más presto, y divertirse a este tiempo con la misma frescura que si no los hubieran conocido, a pesar de los vestidos negros que llevan y les recuerdan su memoria.