El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I Yo advertía su poco cariño, pero decía a mis solas: “¿qué, conque esta gentuza me desprecie? ¿Para qué los necesita un virrey? El día que tome posesión de mi empleo, éstos que ahora se retiran de mí, serán los primeros que se pelarán las barbas por adularme”. Así continuaba el nuevo Quijote en sus locuras caballerescas, que iban tan en aumento de día en día y de instante en instante, que a no permitir Dios que se revolvieran los vientos, ésta fuera la hora en que yo hubiera tomado posesión de una jaula en San Hipólito.
Fue el caso, que al anochecer del día séptimo de nuestra navegación comenzó a entoldarse el cielo y a oscurecerse el aire con negras y espesas nubes; el nordeste soplaba con fuerza en contra de nuestra dirección; a pocas horas creció la cerrazón, oscureciéndose los horizontes; comenzaron a desgajarse fuertes aguaceros, mezclándose con el agua multitud de rayos que, cruzando por la atmósfera, aterrorizaban los ojos que los veían.
A las seis horas de esta fatiga, se levantó un sudeste furioso; los mares crecían por momentos y hacían unas olas tan grandes, que parecía que cada una de ellas iba a sepultar