Vida y hechos del famoso caballero Don Catrin de la Fachenda
Vida y hechos del famoso caballero Don Catrin de la Fachenda Era, pues, mi buen tío un clérigo viejo como de sesenta años de edad, alto, flaco, descolorido, de un rostro venerable y de un mirar serio y apacible; los años habían emblanquecido sus cabellos, y sus estudios y enfermedades, consumiendo su salud, despoblaron de dientes sus encías, llenaron de arrugas el cutis de su cara y opacaron la vista de sus ojos que eran azules y se guarecían debajo de una hermosa pestaña y grande ceja; sin embargo, en su espaciosa frente se leía la serenidad de una buena conciencia, si es que las buenas conciencias se pintan en las frentes anchas y desmedidas calvas; sus discursos eran concertados, y las palabras con que los profería eran dulces y a veces ásperas, como lo fueron siempre para mí; su traje siempre fue trazado por la modestia y humildad propia del carácter que tenía; sus manos con su corazón estaban abiertas al indigente, y todo lo que le rindió su curato lo invirtió en el socorro de sus pobres feligreses, con cuyas circunstancias se hizo generalmente amable de cuantos le trataron, menos de mí, que a la verdad no lo tragaba porque, a título de mi tío y de que me quería mucho, era mi constante pedagogo, mi fiscal vigilante y mi perpetuo regañón. ¡Pobre de mí si no hubiera sido por mis amantes padres!: me consume sin duda el señor cura y me convierte en un misántropo aborrecible o en un anacoreta repentino; pero mis padres, que santa gloria hayan, me amaban más que el tío, y me libraban con modo de su impertinencia. Más valía un no quiero de mi boca, dicho con resolución a mi madre, que veinte sermones de mi tío; ella y mi padre, inmediatamente que me veían disgustado, condescendían con mi voluntad y trataban de serenarme. Esto es saber cumplir con las obligaciones de padres de familia; así se crían los hijos y así salen ellos capaces de honrar su memoria eternamente.