La comedia nueva
La comedia nueva DON SERAPIO.—¿Mañana? ¿Conque mañana se ha de cantar, y aún no están hechas ni letra ni música?
DON ELEUTERIO.—Y aun esta tarde pudieran cantarla, si usted me apura. ¿Qué dificultad? Ocho o diez versos de introducción, diciendo que callen y atiendan, y chitito. Después unas cuantas coplillas del mercader que hurta, el peluquero que lleva papeles, la niña que está opilada, el cadete que se baldó en el portal; cuatro equivoquillos, etc., y luego se concluye con seguidillas de la tempestad, el canario, la pastorcilla y el arroyito. La música ya se sabe cuál ha de ser: la que se pone en todas; se añade o se quita un par de gorgoritos, y estamos al cabo de la calle.
DON SERAPIO.—¡El diantre es usted, hombre! Todo se lo halla hecho.
DON ELEUTERIO.—Voy, voy a ver si la concluyo; falta muy poco. Súbase usted. (DON ELEUTERIO se sienta junto a una mesa inmediata al foro; saca papel y tintero, y escribe).
DON SERAPIO.—Voy allá; pero…
DON ELEUTERIO.—Sí, sí, váyase usted; y si quieren más licor, que lo suba el mozo.
DON SERAPIO.—Sí, siempre será bueno que lleven un par de frasquillos más. Pipí.
PIPÍ.—Señor.