La comedia nueva

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DOÑA AGUSTINA.—Sí, te parecerá que tu hermano es lerdo, y que ha trabajado poco estos días para que no le suceda un chasco. Él se ha hecho ya amigo de los principales apasionados del otro corral; ha estado con ellos; les ha recomendado la comedia y les ha prometido que la primera que componga será para su compañía. Además de eso, la dama de allá le quiere mucho; él va todos los días a su casa a ver si se la ofrece algo, y cualquiera cosa que allí ocurre nadie la hace sino mi marido. «Don Eleuterio, tráigame usted un par de libras de manteca. Don Eleuterio, eche usted un poco de alpiste a ese canario. Don Eleuterio, dé usted una vuelta por la cocina y vea usted si empieza a espumar aquel puchero». Y él, ya se ve, lo hace todo con una prontitud y un agrado, que no hay más que pedir; porque, en fin, el que necesita es preciso que… Y, por otra parte, como él, bendito sea Dios, tiene tal gracia para cualquier cosa, y es tan servicial con todo el mundo. ¡Qué silbar! No, hija, no hay que temer; a buenas aldabas se ha agarrado él para que le silben.

DON HERMÓGENES.—Y, sobre todo, el sobresaliente mérito del drama bastaría para imponer taciturnidad y admiración a la turba más gárrula, más desenfrenada e insipiente.



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