La comedia nueva
La comedia nueva DON HERMÓGENES.—Me es muy doloroso asistir a tan acerbo espectáculo; tengo que hacer. En cuanto a la comedia, nada hay que decir; murió, y es imposible que resucite; bien que ahora estoy escribiendo una apología del teatro, y la citaré con elogio. Diré que hay otras peores; diré que si no guarda reglas ni conexión, consiste en que el autor era un grande hombre; callaré sus defectos…
DON ELEUTERIO.—¿Qué defectos?
DON HERMÓGENES.—Algunos que tiene.
DON PEDRO.—Pues no decía usted eso poco tiempo ha.
DON HERMÓGENES.—Fue para animarle.
DON PEDRO.—Y para engañarle y perderle. Si usted conocía que era mala, ¿por qué no se lo dijo? ¿Por qué, en vez de aconsejarle que desistiera de escribir chapucerías, ponderaba usted el ingenio del autor y le persuadía que era excelente una obra tan ridícula y despreciable?
DON HERMÓGENES.—Porque el señor carece de criterio y sindéresis para comprender la solidez de mis raciocinios, si por ellos intentara persuadirle que la comedia es mala.
DOÑA AGUSTINA.—¿Conque es mala?
DON HERMÓGENES.—Malísima.
DON ELEUTERIO.—¿Qué dice usted?