La comedia nueva
La comedia nueva DOÑA AGUSTINA.—Usted se chancea, don Hermógenes; no puede ser otra cosa.
DON PEDRO.—No, señora, no se chancea; en eso dice la verdad. La comedia es detestable.
DOÑA AGUSTINA.—Poco a poco con eso, caballero; que una cosa es que el señor lo diga por gana de fiesta y otra que usted nos lo venga a repetir de ese modo. Usted será de los eruditos que de todo blasfeman y nada les parece bien sino lo que ellos hacen; pero…
DON PEDRO.—Si usted es marido de esa (A DON ELEUTERIO.) señora, hágala usted callar, porque, aunque no pueda ofenderme cuanto diga, es cosa ridícula que se meta a hablar de lo que no entiende.
DOÑA AGUSTINA.—¿No entiendo? ¿Quién le ha dicho a usted que…?
DON ELEUTERIO.—Por Dios, Agustina, no te desazones. Ya ves (Se levanta colérica, y DON ELEUTERIO la hace sentar.) cómo estás… ¡Válgame Dios, señor! Pero, amigo (A DON HERMÓGENES.) , no sé qué pensar de usted.
DON HERMÓGENES.—Piense usted lo que quiera. Yo pienso de su obra lo que ha pensado el público; pero soy su amigo de usted, y aunque vaticiné el éxito infausto que ha tenido, no quise anticiparle una pesadumbre, porque, como dice Platón y el abate Lampillas…