A este lado del paraiso
A este lado del paraiso El día siguiente, gracias a un destino misericordioso, pasó en un instante. Cuando Amory se quedaba solo, sus pensamientos volvían inevitablemente a la estampa de aquella boca roja que bostezaba incongruente en una cara blanca; pero con esfuerzo y resolución fue sepultando aquella memoria con la excitación del día hasta que la apartó fríamente de su conciencia. Isabelle y su madre llegaron a la ciudad a las cuatro para pasear sonrientes por la Prospect Avenue, en medio de la alegre muchedumbre, y tomar el té en el Cottage. Los clubs celebraban esa noche su cena anual, así que a las siete la dejó en manos de uno de primero para citarse con ella en el gimnasio a eso de las once, la hora en que los demás alumnos eran admitidos en el baile de los de primero. Ella daba de sí todo lo que él había esperado ansioso y dispuesto a hacer de aquella noche el centro de todos sus sueños. A las nueve todos los alumnos veteranos salieron a la puerta de los clubs para presenciar el desfile de antorchas de los de primero; Amory se preguntaba si a causa de aquellos grupos uniformados, recortados contra las oscuras fachadas y bajo el resplandor de las antorchas, sería una noche tan brillante, a los ojos atentos y jubilosos de los novatos, como a él le había parecido el año pasado.