A este lado del paraiso

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El día siguiente fue otro torbellino. Fueron seis a la mesa, en un reservado del club; Isabelle y Amory no hacían sino contemplarse tiernamente, por encima del pollo asado, seguros de que su amor iba a ser eterno. En la fiesta de fin de curso bailaron hasta las cinco de la mañana, y para cambiar la pareja de Isabelle se rompía la barrera con un alegre desenfado que se fue haciendo más entusiástico a medida que avanzaba la hora y el vino, almacenado en los bolsillos de los abrigos en el ropero, aplazaba para otro día la llegada del aburrimiento. La barrera es una masa de hombres muy homogénea que se mueve animada de una sola alma. Una morena belleza está bailando hasta que un ahogado suspiro provoca un murmullo del que surge uno, mejor peinado que los demás, que se adelanta y se atreve a hacer el cambio de pareja. En cambio, cuando aparece galopando esa joven de un metro ochenta (la trajo Kaye a la fiesta, y toda la noche ha estado tratando de presentarla a todo el mundo), la barrera se retrae, los grupos miran hacia otra parte, parecen muy interesados en todos los rincones del salón, porque aparece Kaye, agitado y sudoroso, dando codazos a la multitud en busca de caras familiares.

—Te digo que tengo la chica más bonita…

—Lo siento, Kaye, pero estoy muy ocupado ahora. Tengo que cambiar con ese amigo.

—Entonces, ¿al siguiente?


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