A este lado del paraiso
A este lado del paraiso —Vamos —ella se incorporó.
Él se levantó distraÃdamente y llegaron hasta el pie de la escalera.
—¿Qué tren puedo coger?
—Si de verdad tienes que irte, hay uno que pasa a las nueve y once.
—SÃ, de verdad que me tengo que ir. Buenas noches.
—Buenas noches.
Subieron la escalera y, al volverse hacia su cuarto, Amory creyó advertir en la cara de ella una desmayada sombra de disgusto. Se tumbó a oscuras pensando —cuánto de aquella repentina infelicidad no era más que orgullo herido— si, después de todo, no estarÃa él temperamentalmente incapacitado para el romance.