A este lado del paraiso
A este lado del paraiso Amory enrojeció. Le habÃa dicho un montón de cosas.
—SÃ.
—Pues esta noche no pareces tener tanta confianza. A lo mejor es que eres muy vanidoso.
—No, no lo soy —dudó él—. En Princeton…
—¡Tú y tú Princeton! ¡Te crees que el mundo se acaba ahÃ! Es posible que seas el mejor escritor del Princetonian, que los de primero crean que eres muy importante…
—Tú no entiendes…
—Ya lo creo que lo entiendo —interrumpió ella—, porque siempre estás hablando de ti mismo y a mà me gustaba antes. Pero ahora ya no.
—¿He hablado de mà esta noche?
—Por eso mismo —insistió Isabelle—, por eso te has enfadado esta noche. No hacÃas más que estar sentado y mirarme a los ojos. Y además no me gusta tener siempre que pensar lo que tengo que decir, por miedo a tus crÃticas.
—¿Asà que te obligo a pensar? —repitió Amory con un dejo de vanidad.
—Me pones nerviosa —dijo ella con énfasis—; en cuanto te pones a analizar la menor emoción, dejo de sentirla.
—Lo sé —Amory lo admitió y sacudió la cabeza con desconsuelo.