A este lado del paraiso
A este lado del paraiso En la despensa, mientras tomaban un poco de ginger ale y fiambre, Amory anunció su decisión.
—Me voy mañana por la mañana.
—¿Por qué?
—¿Por qué no? —contraatacó él.
—No tienes necesidad de ello.
—De todas formas me voy.
—Bueno, si te empeñas en seguir haciendo ridiculeces…
—No lo tomes asà —objetó él.
—Todo porque no te he dejado besarme. Tú crees que…
—No es eso, Isabelle —interrumpió él—, tú sabes muy bien que no es eso. Incluso suponiendo que lo fuera… creo que hemos llegado a un punto en que tenemos que besarnos… o… o nada. No es lo mismo que si me lo prohibieras por razones morales.
Ella vaciló.
—Realmente no sé qué pensar de ti —empezó con un tÃmido y perverso esfuerzo de conciliación—. Eres tan raro.
—¿Cómo?
—CreÃa que tenÃas mucha confianza en ti mismo y todo eso; ¿recuerdas que el otro dÃa me dijiste que podÃas hacer todo lo que quisieras, conseguir todo lo que te diera la gana?