A este lado del paraiso
A este lado del paraiso —Isabelle —empezó a tantearla en cuanto subieron al coche, en dirección al baile del Greenwich Country Club—, si sigues enfadada yo voy a estarlo dentro de un minuto. Déjame darte un beso y hacer las paces.
Isabelle meditaba cabizbaja.
—No me gusta que se rÃan de mà —dijo al fin.
—No volveré a reÃrme. Ya no me rÃo, ¿no lo ves?
—Pero te reiste antes.
—Vamos, no quieras ser tan femenina.
Ella torció el gesto.
—Seré lo que quiera.
Amory apenas podÃa contenerse. Se dio cuenta entonces de que no tenÃa verdadero afecto por Isabelle y que le molestaba su frialdad. Deseaba besarla, besarla mucho porque asà podrÃa irse al dÃa siguiente sin mayores preocupaciones. Por el contrario, si no lograba besarla le seguirÃa preocupando… PodrÃa empañar vagamente la imagen de sà mismo como un conquistador que no iba a quedar aureolado con una segunda intentona, un «ruego» a un luchador tan implacable como Isabelle.
Quizá ella lo sospechaba. De cualquier forma Amory veÃa cómo aquella noche —que debÃa haber supuesto la consumación de su romance— se deslizaba bajo enjambres de mariposas nocturnas en la acerba fragancia de los setos, pero sin aquellas palabras entrecortadas, sin los breves suspiros…