A este lado del paraiso
A este lado del paraiso —Ay, Amory —dijo, con desesperación, elevando hacia él una expresión patética—. Se me irritará todo el cuello si sigo frotando. ¿Qué podemos hacer?
Le vino una cita a la memoria que no pudo dejar de repetirla en voz alta:
Todos los perfumes de Arabia no lavarán esta mano.
Ella se le quedó mirando; sus lágrimas brillaban en sus ojos como el hielo.
—No eres muy amable.
Amory lo interpretó mal.
—Isabelle, querida, yo creo que…
—¡No me toques! —gritó ella—. ¡No, tengo ya bastante para que estés ahà riéndote de mÃ!
Volvió a meter la pata.
—Es que tiene gracia, Isabelle; como el otro dÃa decÃamos que el sentido del humor es lo que…
Ella le miraba con algo que no era tanto una sonrisa como la huella triste y débil de una sonrisa, en la comisura de la boca.
—¡Ay, cállate! —gritó de repente y echó a correr hacia su habitación. Amory se quedó quieto, lleno de remordimiento y confusión.
—¡Qué asco!
Isabelle reapareció con una estola sobre los hombros, y bajaron las escaleras en un silencio que se prolongó durante la cena.