A este lado del paraiso

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Estoy convencida —escribió a Amory— de que si podemos estar seguros de algo, es de que la gente no se estará quieta. Ése Ford ha sacado el mejor provecho de esa idea. Así pues he dado instrucciones a Mr. Barton de dedicarse al North Pacific y a esas compañías Rapid Transit, como llaman a los tranvías. Nunca me perdonaré por no haber comprado Bethlehem Steel. He oído historias fascinantes acerca de él. Te tienes que aficionar a las finanzas, Amory; estoy segura de que será tu revelación. Se empieza de recadero y no se sabe dónde se termina. Estoy segura de que de haber nacido hombre me habría gustado manejar dinero; se ha convertido en mi pasión senil. Antes de seguir adelante quiero decirte que una tal señora Bispam, una señora muy simpática que conocí el otro día en un té, me dijo que su hijo —que está en Yale— le escribió diciendo que todos los chicos usan en invierno la ropa interior de verano y que en los días más fríos van con la cabeza mojada y zapatos ligeros. No sé, Amory, si en Princeton hacéis lo mismo, pero no quiero que hagas tonterías. No solamente se puede coger una pulmonía o una parálisis infantil, sino toda clase de infecciones pulmonares a las que tan predispuesto estás tú. No puedes jugar con tu salud, lo sé por mí misma. No quiero parecer tan ridícula como otras madres, pero insisto en que uses las botas; aunque recuerdo una Navidad que las usabas constantemente, con los cordones sueltos y un ruido muy curioso que hacían al andar, y no querías atártelos porque eso no se llevaba. Pero en las Navidades siguientes por mucho que te pedí que usaras los chanclos no lo hiciste. Casi tienes veinte años, querido, y yo no puedo estar constantemente a tu lado para vigilar lo que haces.


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