A este lado del paraiso
A este lado del paraiso Me ha salido una carta muy práctica. Te advertía en la última que la falta de dinero para hacer lo que se quiere le hace a uno prosaico y doméstico, pera todavía nos puede quedar mucho si no hacemos demasiadas extravagancias. Cuídate mucho, querido, y trata de escribirme por lo menos una vez a la semana, porque en cuanto no sé de ti empiezo a imaginarme las cosas más terribles.
Con amor,
tu madre
Monseñor Darcy invitó a Amory a pasar una semana de Navidades en el palacio Stüart sobre el río Hudson, donde hablaron mucho alrededor del fuego. Monseñor había engordado un tanto, y su personalidad había crecido con ello, por lo que Amory sentía un gran descanso y seguridad al sentarse en el bajo y mullido sillón y unirse a él en la madura delectación de un buen cigarro.
—Me siento con muchos deseos de abandonar el colegio, monseñor…
—¿Por qué?
—Toda mi carrera se ha esfumado; usted pensará que es ridículo y todo eso, pero…
—Nada de ridículo, me parece muy grave. Quiero que me lo cuentes todo. Todo lo que has hecho desde que nos vimos por última vez.