A este lado del paraiso
A este lado del paraiso Amory lo contó; abordó todo, hasta la destrucción de sus métodos egoÃstas, y al cabo de media hora su voz ya no tenÃa aquel tono de indiferencia.
—¿Qué vas a hacer si dejas la universidad? —preguntó monseñor.
—No lo sé. Me gustarÃa viajar, pero con esta guerra interminable no se puede hacer nada. En cualquier caso, a mi madre no le va a gustar que no me gradúe. No sé qué hacer. Kerry Holiday me dice que vaya con él a incorporarme a la escuadrilla Lafayette.
—Sabes de sobra que eso no te apetece.
—A veces sÃ; anoche me hubiera ido.
—Bueno, tendrÃas que estar mucho más cansado de la vida de lo que creo que estás. Te conozco.
—Creo que sà —confesó Amory con desgana—. Me parecÃa una solución fácil para todo… cuando pienso en otro año interminable e inútil…
—Ya lo sé, pero, para decirte la verdad, no me preocupas demasiado. Me parece que progresas como es debido.
—No —rechazó Amory—. En un año he perdido la mitad de mi personalidad.
—Ni por asomo —refunfuñó monseñor—. Querrás decir que has perdido la mitad de tu vanidad, eso es todo.
—¡Bueno! De cualquier modo me siento como si estuviera todavÃa en el quinto curso de St. Regis.