A este lado del paraiso
A este lado del paraiso Las semanas volaban. De tanto en tanto Amory se iba a Nueva York para tratar de encontrar un reluciente autobús verde cuyo aspecto de caramelo le llamaba la atención. Un día se aventuró en un teatro que reponía una comedia cuyo nombre le resultaba ligeramente familiar. Se levantó el telón, entró una joven. Unas pocas frases que sonaron en su oído hicieron vibrar una apagada cuerda de su memoria. ¿Dónde? ¿Cuándo?
Y le pareció oír junto a él una voz vibrante y blanda que le susurraba: «Soy una tonta; dime cuando me equivoco».
La solución llegó como un relámpago, un rápido y alegre recuerdo de Isabelle.
En una página en blanco del programa empezó a garrapatear:
En la fingida oscuridad que una vez más contemplo,
Allí con el telón se envuelven los años;
Dos años, dos años, aquel día tranquilo
Tan nuestro, con un feliz final.
Nuestras almas en agraz; y yo podía
Adorar tu rostro ansioso junto al mío;
Una alegre y amplia mirada sonriendo
Tantas veces mientras la triste comedia
llegaba hasta mí, como las muertas olas
Llegan a la playa.