A este lado del paraiso

A este lado del paraiso

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Toda una tarde aburrida y errante.

Solo contemplo… Y esas charlas

Que destruyen una escena con encanto.

Lloraste un poco, y triste me volví por ti.

Aquí mismo. Donde Mr. X defiende el divorcio.

Y la que sea cae rendida en sus brazos.

Tranquila calma

—Los espíritus no tienen ninguna gracia —dijo Alec—, son medio tontos. Siempre me las arreglo para engañar a un espíritu.

—¿Cómo? —preguntó Tom.

—Depende de donde sea. En un dormitorio, por ejemplo. Con un poco de discreción un espíritu nunca te puede sorprender en el dormitorio.

—Vamos a ver. Suponte que hay un espíritu en tu dormitorio, ¿qué medidas puedes tomar al volver a casa de noche? —preguntó Amory con mucho interés.

—Coge un bastón —respondió Alec con deliberada solicitud— del tamaño de una escoba. Lo primero que tienes que hacer es despejar la habitación; para eso primero entras con los ojos cerrados y enseguida enciendes las luces; luego abres el armario y hurgas con el bastón tres o cuatro veces. Si no ocurre nada puedes mirar. Pero siempre antes que nada tienes que ir despejando con el bastón. ¡Nunca se debe mirar primero!

—Naturalmente, es la antigua escuela celta —dijo Tom gravemente.


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