A este lado del paraiso
A este lado del paraiso Amory volvÃa a disfrutar en el colegio. Le habÃa vuelto el sentido de que progresaba en una dirección única y determinada; su juventud se estaba agitando y dejando crecer nuevas plumas. HabÃa almacenado suficiente exceso de energÃa como para adoptar una nueva pose.
—¿Qué significa esa actitud «distraÃda», Amory? —le preguntó Alec un dÃa; y como Amory pretendiera hallarse enfrascado y deslumhrado por su libro, añadió—: No trates conmigo de hacerte el Burne, el mÃstico.
Amory le miró inocentemente.
—¿Qué?
—¿Quéeee? —le imitó Alec—. Estás tratando de entrar en trance con… déjame ver ese libro.
Le quitó el libro y lo miró con desprecio.
—¡Bien! —dijo Amory rÃgidamente.
—La vida de Santa Teresa —leyó Alec en voz alta—. ¡Ay, Dios mÃo!
—Alec, dime.
—¿Qué?
—¿Es que te molesta?
—¿Qué es lo que me molesta?
—Que esté en trance y todo eso.
—No, claro que no, claro que no me molesta.
—Bueno, entonces déjame tranquilo. Si a mà me gusta ir diciendo ingenuamente a la gente que me creo un genio, déjame tranquilo.