A este lado del paraiso
A este lado del paraiso —Bueno, unos cuantos camareros y una pareja de marineros y unos pocos peatones, supongo. Es la cosa más extraña. DeberÃas dejarte pegar para conocer esa experiencia. Te caes enseguida, pero todo el mundo te pega antes de que toques el suelo; y después, a patadas.
Tom encendió un cigarrillo.
—Te he estado buscando todo el dÃa por la ciudad, Amory. Pero siempre me tomas la delantera. Creà que estarÃas en alguna fiesta.
Amory se dejó caer en una silla y pidió un cigarrillo.
—Estás despejado ahora, ¿no? —preguntó Tom con sarcasmo.
—Completamente despejado. ¿Por qué?
—Bueno, Alec nos ha dejado. Su familia insistÃa en que volviéramos a su casa a vivir, asà que…
Una punzada de dolor sacudió a Amory.
—¡Qué lástima!
—SÃ, una lástima. Tenemos que traer a alguien si queremos seguir aquÃ. Ha subido el alquiler.
—Claro. Hay que traer a alguien. Lo dejo en tus manos, Tom.