A este lado del paraiso
A este lado del paraiso —Lo siento. Le dije a Sukey Brett que cenarÃa con él.
—¡Ah!
—Adiós.
Amory cruzó la calle y se tomó un whisky; luego se fue paseando hasta Washington Square, donde tomó un autobús. Bajó en la calle Cuarenta y Tres y se fue paseando hasta el bar de Biltmore.
—¡Qué hay, Amory!
—¿Qué vas a tomar?
—¡Qué hay! ¡Camarero!
El advenimiento de la prohibición, aquel dÃa «sedientoyuno», puso un repentino fin al hundimiento de Amory en sus penas; y cuando se despertó una mañana sabiendo que habÃan terminado aquellos dÃas de-bar-en-bar, ni sintió remordimientos por las últimas tres semanas ni pesar por no poder repetirlas. HabÃa adoptado el método más violento, aunque el más débil para escudarse de las puñaladas de la memoria; y a pesar de que no era un procedimiento que pudiera recomendar a otros, a la postre comprendió que habÃa conseguido lo que buscaba: habÃa superado la primera oleada de dolor.