A este lado del paraiso
A este lado del paraiso ¡No nos engañemos! Amory había querido a Rosalind como no querría a ninguna otra persona. Ella se había hecho dueña de sus anhelos juveniles y de sus insondables profundidades, había extraído de él una ternura que a él mismo le sorprendía, una amabilidad y generosidad que Amory no había demostrado con nadie más. Más adelante tuvo otras aventuras amorosas, pero de distinta naturaleza: con ellas volvió a esa otra manera de ser, más típica quizá, en la que la mujer no constituía más que un espejo de su talante. Rosalind había provocado en él mucho más que la admiración apasionada: guardaba hacia Rosalind un profundo e imborrable afecto.
Pero a la hora del desenlace había habido tanta tragedia dramática, culminando en la arabesca pesadilla de sus tres semanas de borracheras, que emocionalmente se encontraba exhausto. Aquellas gentes y lugares tan fríos y delicadamente artificiosos, tal como él los recordaba, le parecían una promesa de refugio. Escribió un cuento bastante cínico basado en el funeral de su padre y lo envió a una revista, recibiendo a cambio sesenta dólares y una demanda de más cuentos del mismo tono. Esto halagó su vanidad, pero no le estimuló para un mismo esfuerzo.