A este lado del paraiso

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Preparativos para la gran aventura

El tren se detuvo con languidez estival en Lake Geneva cuando Amory divisó a su madre esperando en el andén, subida al electromóvil. Era un electromóvil de modelo antiguo, pintado de gris. La primera visión que tuvo de ella, erguida y esbelta, aquel rostro donde se combinaban la belleza y dignidad para fundirse en una soñadora sonrisa, le llenó de un súbito orgullo. Tan pronto como, tras un frío beso, subió al electromóvil sintió miedo de haber perdido el necesario encanto para equipararse con ella.

—Querido, qué alto estás… Mira a ver si viene algo por detrás.

Mirando a derecha e izquierda, se deslizó prudentemente a cuatro kilómetros por hora, encareciendo a Amory que actuara de vigía; en un cruce frecuentado le obligó a descender para correr por delante y señalar su presencia, como si fuera un policía de tráfico. Beatrice conducía, lo que se dice, prudentemente.

—Estás muy alto… pero muy guapo. Ya has pasado la edad del pavo, dieciséis años. A lo mejor es a los catorce o quince. Ya no me acuerdo. Pero ya la has pasado.

—No me avergüences —murmuró Amory.

—Pero, querido, ¡qué traje más raro! Parece que eres de un equipo, ¿verdad? La ropa interior, ¿también es de color púrpura?


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