A este lado del paraiso
A este lado del paraiso Dos vasos de Sauterne durante la comida soltaron su lengua, y se puso a hablar —con lo que el creÃa parte de su viejo encanto— de literatura y religión y los amenazadores fenómenos del orden social. La señora Lawrence se encontraba ostensiblemente encantada con él, y su interés se cifraba sobre todo en su manera de pensar; de nuevo deseaba él gente que gustara de su manera de pensar; y pensaba que tras un breve lapso podrÃa ser un bonito sitio donde vivir.
—Monseñor Darcy piensa todavÃa que eres su reencarnación y que tu fe se aclarará un dÃa.
—Quizás —asintió él—. Ahora me siento pagano. Solamente que a mi edad la religión no parece tener la menor importancia en la vida.
Cuando salió de la casa se puso a pasear por Riverside Drive con un sentimiento de satisfacción. VolvÃa a ser divertido discutir sobre temas como aquel joven poeta, Stephen Vincent Benet, o la república irlandesa. A causa de las rancias acusaciones de Edward Carson y del juez Cohalan, estaba harto del problema irlandés; y, sin embargo, en ciertos momentos sus rasgos celtas habÃan constituido los pilares de su filosofÃa.
ParecÃa de repente que quedaba mucho en la vida, a condición de que este renacimiento de viejos intereses no significara que huÃa de nuevo de ellos, que huÃa de nuevo de la vida.