A este lado del paraiso
A este lado del paraiso —Me siento muy viejo y estoy muy aburrido, Tom —dijo Amory un dÃa, estirado cómodamente en el antepecho de la ventana. Siempre se sentÃa más a su aire estando recostado.
—Antes de dedicarte a escribir eras más divertido —continuó—. Ahora guardas en secreto todas las ideas que crees aprovechables para la imprenta.
La existencia habÃa vuelto a una normalidad sin ambiciones. HabÃan decidido que con sus economÃas podÃan mantener aquel piso del que Tom, más doméstico que un gato, se sentÃa muy orgulloso. De Tom eran aquellos grabados de caza ingleses, el tapiz de imitación, reliquia de los decadentes dÃas del colegio, la gran profusión de huérfanos candelabros y aquella silla tallada estilo Luis XV donde nadie podÃa sentarse más de un minuto sin sentir agudos dolores en el espinazo; Tom suponÃa que se debÃan a que se sentaban sobre el espectro de Montespan; pero, como quiera que fuese, fue el mobiliario de Tom lo que les retuvo allÃ.