A este lado del paraiso
A este lado del paraiso Extraños charcos, llenos de ojos de muchos hombres, saturados de una vida en un momento de calma… Oh, yo era joven, porque podía volver a ti, más finita y más bella, para gustar los sueños apenas recordados, dulces y nuevos en tu boca:
Hubo un murmullo en el aire de la medianoche: el silencio muerto; el sonido aún no había despertado. ¡La vida crujía como el hielo! Una nota brillante, y aparecías tú, radiante y pálida…, e irrumpía la primavera… (Los pequeños carámbanos, en los aleros; y la vacilante ciudad se desvanecía.)
Nuestros pensamientos eran una helada niebla a lo largo de las cornisas; nuestros espectros se besaron allá en lo alto, entre un laberinto de cables; el eco de una risa apagada que sólo deja el vano suspiro de un deseo juvenil; a las cosas que ella amaba siguió una gran pena que sólo dejó su cascara.
A mediados de agosto llegó una carta de monseñor Darcy quien, evidentemente, acababa de encontrar sus señas:
Querido hijo: