A este lado del paraiso
A este lado del paraiso Tu última carta me llenó de preocupaciones por ti. No parecía tuya. Leyendo entre líneas tuve la impresión de que tu compromiso con esa joven te está haciendo muy desgraciado y que has perdido esa capacidad de sentimiento que tenías antes de la guerra. Cometes un gran error si crees que puedes darte el lujo de ser romántico sin tener religión. A veces pienso que en nosotros el secreto del éxito, cuando damos con él, reside en nuestro elemento místico: algo fluye de dentro que ensancha nuestra personalidad y que cuando se agota la obliga a encogerse; yo diría que tus últimas cartas están arrugadas. Ten cuidado de no perderte en la personalidad de otro ser, sea hombre o mujer.
Su eminencia el cardenal O’Neill y el obispo de Boston están pasando una temporada conmigo, así que me resulta difícil encontrar un momento para escribir; pero me gustaría que vinieras por aquí aunque sólo fuera un fin de semana. Ésta semana me voy a Washington.
Todavía está en el alero lo que haré en el futuro. Entre nosotros te diré que no me sorprendería nada que en el plazo de ocho meses descendiera sobre mi humilde cabeza el capelo cardenalicio. De cualquier forma me gustaría tener una casa en Nueva York o en Washington, donde pudieras dejarte caer los fines de semana.