A este lado del paraiso
A este lado del paraiso —Y tú me tienes cogida la mano, lo cual es muy peligroso sin haber visto mi cara —Amory la soltó rápidamente.
Como respuesta a sus rogativas llegó un rayo, y él miró con gran ansiedad a aquella que permanecÃa sobre la paja mojada, a tres metros sobre el suelo. Pero se habÃa tapado la cara y no vio más que una figura esbelta, un pelo oscuro, mojado y revuelto y dos pequeñas y blancas manos con los pulgares echados hacia atrás como los de él.
—Siéntate —sugirió ella amablemente, al tiempo que la oscuridad se hacÃa más intensa—. Si te sientas frente a mà en ese agujero te puedo dejar la mitad del impermeable. Lo estaba usando como tienda de campaña cuando me interrumpiste.
—Se me rogó… —dijo Amory alegremente—, tú me rogaste… ya lo sabes.
—Don Juan siempre se justifica de la misma manera —dijo ella, riendo—, pero no te llamaré más Juan porque tienes el pelo rubio. A cambio puedes recitar Ulalume y yo seré Psique, tu alma.