A este lado del paraiso
A este lado del paraiso Mientras se conocieron Eleanor y Amory podÃan tratar de un tema y dejar de hablar de él manteniendo un pensamiento definido sobre ello en sus mentes para, diez minutos después, hablar en alta voz y descubrir que habÃan seguido los mismos canales que les habÃan conducido a una idea paralela, una idea que otros habrÃan reputado como completamente desconectada con la inicial.
—Dime —la interpeló Amory inclinándose hacia ella anhelantemente—, ¿cómo sabes lo de Ulalume? ¿Cómo sabes el color de mi pelo? ¿Qué estabas haciendo aquÃ? ¡DÃmelo de una vez!
Súbitamente estalló el rayo con un resplandor desacostumbrado, y al fin vio a Eleanor y contempló sus ojos por primera vez. Oh, era maravillosa; una pálida piel, del color del mármol a la luz de las estrellas, unas cejas finas y unos ojos verdes que brillaban como esmeraldas de deslumbrante fulgor. Era una bruja, de unos diecinueve años —pensó—, alerta y soñadora, y con esa lÃnea blanca sobre el labio superior, propia de la mentirosa, que era a la vez una delicia y una debilidad. Se tumbó sobre el muro de paja con un suspiro.
—Ya me has visto —dijo ella tranquilamente—, y supongo que vas a decir que mis ojos verdes te están quemando el cerebro.
—¿De qué color es tu cabello? —le preguntó él con interés—. ¿Es ondulado, no?