A este lado del paraiso
A este lado del paraiso La tormenta iba remitiendo suavemente, y solamente el viento mantenÃa su soplo espectral, haciendo vacilar el pajar. Amory estaba en trance. SentÃa que todos los momentos eran preciosos. Nunca habÃa encontrado una muchacha como aquella…, y nunca parecerÃa la misma. No se sentÃa como un actor en escena, el sentimiento apropiado en una situación anormal, sino que le parecÃa volver a casa.
—He tomado una gran decisión —dijo Eleanor, tras otra pausa— y es por lo que estoy aquÃ, para responder a tu pregunta. Acabo de decidir que no creo en la inmortalidad.
—¿De verdad? ¡Qué banal!
—Terriblemente banal —respondió ella—, pero deprimente hasta la más negra depresión. He venido para mojarme como una gallina. Las gallinas mojadas tienen una gran claridad de juicio —concluyó ella.
—Sigue —dijo Amory amablemente.
—Bueno, como no me asusta la oscuridad, me puse el impermeable y las botas y me vine aquÃ. Ya ves, yo antes siempre tenÃa miedo de decir que no creÃa en Dios por temor de que me podÃa caer un rayo, y aquà estoy sin que me haya caÃdo ninguno; pero lo importante es que no tenÃa más miedo que el año pasado cuando era de la Ciencia Cristiana. Ahora ya sé que soy una materialista; estaba fraternizando con la paja cuando saliste tú del bosque, muerto de miedo.