A este lado del paraiso
A este lado del paraiso —Oh, tú eres uno de «esos» hombres —dijo ella con arrogancia— que siempre tienen que meter su yo en la conversación. Pues bien, hijo mÃo, la semana pasada estaba detrás de un seto tomando el sol cuando se acercó un hombre diciendo de manera agradable y vanidosa:
Y ahora que la noche agoniza (dice él)
Y las estrellas apuntan a la mañana,
Al final del camino un lÃquido (dice él)
Y nebuloso brillo ha nacido.
Asà que levanté los ojos por encima del seto, pero tú echaste a correr por alguna razón desconocida, y sólo pude ver la parte de atrás de tu hermosa cabeza. «Oh», me dije, «he ahà un hombre por el que muchas de nosotras podrÃamos suspirar», y continué en mi mejor irlandés…
—Muy bien —interrumpió Amory—. Volvamos de nuevo a ti.
—Asà lo haré. Soy de esa clase de personas que se pasea por el mundo despertando emociones en los demás pero recibiendo a cambio muy pocas, excepto las que leo en los hombres en noches como ésta. Tengo el valor social necesario para salir a escena, pero me falta la energÃa; no tengo paciencia para escribir libros; y nunca me he encontrado un hombre con quien casarme. Con todo, sólo tengo dieciocho años.