A este lado del paraiso
A este lado del paraiso Se comió cuatro buñuelos —que encontró sabrosos— con otra doble taza que le devolvió los ánimos. Tras una sumaria inspección de las fundas de los asientos, de los banderines y fotos de las Gibson que decoraban las paredes, salió a pasear de nuevo por Nassau Street con las manos en los bolsillos. Poco a poco fue aprendiendo a distinguir entre veteranos y novatos, aunque las gorras de estos últimos no se prodigaron hasta el siguiente lunes. Los que parecÃan sentirse como en su casa de una manera demasiado manifiesta y nerviosa, eran novatos; cada tren aportaba un nuevo contingente que era inmediatamente absorbido por aquella muchedumbre de cabezas descubiertas, calzados blancos y cargada de libros, cuya función parecÃa ser deambular sin sentido arriba y abajo, entre grandes nubes de humo de pipas recién estrenadas. Hacia el mediodÃa Amory sentÃa que los recién llegados le tomaban ya por veterano, asà que se dedicó a observarlos con regocijada socarronerÃa y censura, pues no otra cosa merecÃan sus expresiones faciales.
A eso de las cinco sintió la necesidad de oÃr su propia voz y volvió a su casa para ver si habÃa llegado alguien. Tras subir los destartalados peldaños lanzó hacia su cuarto una mirada llena de resignación, perdida toda esperanza de intentar una decoración ajena a banderines de colegio y fotografÃas de tigres. Alguien llamó a su puerta.
—Adelante.