A este lado del paraiso
A este lado del paraiso Una cara muy delgada, unos ojos grises y una sonrisa llena de humor, apareció en el umbral.
—¿Tienes un martillo?
—No, lo siento. A lo mejor tiene uno la señora Twelve, o quien sea.
El desconocido se introdujo en el cuarto.
—¿También habitas en este asilo?
Amory asintió.
—Inmunda pocilga; para lo mucho que pagamos.
Amory hubo de confesar que asà era.
—He pensado instalarme en el campus —dijo—, pero parece que hay tan pocos de primero que están perdidos. Habrá que pensar en qué se puede hacer.
El joven de los ojos grises decidió presentarse.
—Mi nombre es Holiday.
—El mÃo es Blaine.
Se dieron la mano, llevándola muy abajo, como estaba de moda. Amory hizo una mueca.
—¿Dónde hiciste el preuniversitario?
—En Andover. ¿Y tú?
—En St. Regis.
—¿SÃ, eh? Yo tengo un primo allÃ.
Tras agotar el tema de su primo. Holiday le dijo que esperaba a su hermano para cenar a las seis.
—Ven con nosotros a tomar un bocado.
—De acuerdo.