El Gran Gatsby
El Gran Gatsby —Buenos dÃas, compañero. Hoy comes conmigo y he pensado que podrÃamos ir juntos en el coche.
Se mantenÃa en equilibrio en el estribo del automóvil con esa facilidad de movimientos tan caracterÃsticamente americana que procede, supongo, de la ausencia de trabajos pesados en la juventud y, más aún, de la gracia informe de nuestros deportes, tan esporádicos, tan nerviosos. Era una cualidad que, en forma de agitación, se transparentaba bajo sus puntillosos modales. Nunca estaba quieto del todo: un pie no paraba de golpear el suelo o una mano impaciente no acababa nunca de abrirse y cerrarse.
Vio que miraba el coche con admiración.
—Es bonito, ¿verdad, compañero? —Saltó del estribo para que lo admirara mejor—. ¿No lo habÃas visto?
Lo habÃa visto. Todo el mundo lo habÃa visto. Era de un color crema intenso, con rutilantes cromados, y, de una longitud monstruosa, aún lo hacÃa más grande una acumulación triunfal de compartimentos para sombreros, provisiones y herramientas, y un laberinto de parabrisas sucesivos que reflejaban una docena de soles. Protegidos por muchas capas de cristal, en una especie de invernadero de piel verde, salimos hacia la ciudad.