El Gran Gatsby
El Gran Gatsby Puede que hubiera hablado con Gatsby cinco o seis veces en los últimos tiempos y habÃa descubierto, decepcionado, que tenÃa poco que decir. Asà que mi primera impresión (que se trataba de una persona interesante, de un interés indefinido pero cierto) se fue borrando poco a poco y Gatsby se convirtió simplemente en el dueño del aparatoso albergue de carretera de al lado de mi casa.
Y entonces llegó aquel viaje desconcertante. No habÃamos pasado todavÃa West Egg Village cuando Gatsby empezó a dejar sin terminar sus elegantÃsimas frases y a golpearse con la palma de la mano, inseguro, la rodilla del traje color caramelo.
—Dime, compañero —soltó de pronto—, ¿qué piensas de m�
Un poco abrumado, recurrà a las evasivas y generalidades que merece esa pregunta.
—Bien, voy a contarte algo de mi vida —me interrumpió—. No quiero que te hagas una idea equivocada sobre mà con todas esas historias que habrás oÃdo.
Asà que conocÃa todas las acusaciones disparatadas que sazonaban la conversación en sus salones.