El Gran Gatsby
El Gran Gatsby Asà que todo era verdad. Vi la piel de los tigres, flamantes trofeos en su palacio sobre el Gran Canal. Lo vi abriendo un cofre de rubÃes para aliviar en las profundidades de su fulgor carmesà el dolor de su corazón roto.
—Voy a pedirte hoy un gran favor —dijo, mientras volvÃa a meterse sus recuerdos en el bolsillo con satisfacción—, y por eso he creÃdo que debÃas saber algo sobre mÃ. No querÃa que pensaras que soy un don nadie. Ya ves, suelo mezclarme con desconocidos porque voy de un sitio a otro intentando olvidar eso tan triste que me pasó una vez. —Titubeó—. Esta tarde sabrás qué fue.
—¿En la comida?
—No, esta tarde. Me he enterado por casualidad de que tomas el té con miss Baker.
—¿Quieres decirme que te has enamorado de miss Baker?
—No, compañero, no. Pero miss Baker ha accedido amablemente a hablarte del asunto.
Yo no tenÃa la menor idea de la naturaleza «del asunto», pero me sentÃa más contrariado que interesado. No habÃa invitado a Jordan a tomar el té para hablar de mister Jay Gatsby. Estaba seguro de que iba a pedirme algo absolutamente fantástico y, por un momento, lamenté haber pisado alguna vez su césped superpoblado.