El Gran Gatsby
El Gran Gatsby No volvió a pronunciar una palabra. Su corrección crecÃa a medida que nos acercábamos a la ciudad. Pasamos Port Roosevelt y la visión de sus transatlánticos pintados con una franja roja, y aceleramos en las calles pobres, adoquinadas, flanqueadas por los bares oscuros, con clientes todavÃa, de los dorados y desvaÃdos primeros años del siglo XX. Entonces el valle de cenizas se abrió a derecha e izquierda, y, al cruzarlo, durante unos segundos vislumbré a mistress Wilson, afanándose en el surtidor de gasolina con jadeante vitalidad.
Con guardabarros que sobresalÃan como alas, salpicamos luz a través de media Astoria, sólo media, porque, mientras zigzagueábamos entre los pilares del tren elevado, oà el conocido petardeo de una motocicleta, y un policÃa frenético corrÃa a nuestro lado.
—¡Muy bien, compañero! —gritó Gatsby. Redujimos la velocidad. Sacó una tarjeta blanca de la cartera y la agitó ante los ojos del motorista.
—Todo en orden —admitió el policÃa, llevándose la mano a la gorra—. Le reconoceré la próxima vez, mister Gatsby. ¡Discúlpeme!
—¿Qué le has enseñado? ¿La foto de Oxford?
—Una vez tuve ocasión de hacerle un favor al jefe de la policÃa, y me manda todos los años una felicitación de Navidad.