El Gran Gatsby
El Gran Gatsby —¿Whisky con soda y hielo? —preguntó el maître.
—Está bien este restaurante —dijo mister Wolfshiem, mirando las ninfas presbiterianas del techo—. Pero me gusta más el de enfrente.
—SÃ, whisky con soda —asintió Gatsby, y a mister Wolfshiem—: En el de enfrente hace demasiado calor.
—Hace calor y es pequeño, sà —dijo mister Wolfshiem—, pero está lleno de recuerdos.
—¿Qué sitio es? —pregunté.
—El viejo Metropole.
—El viejo Metropole —repitió triste y meditabundo mister Wolfshiem—. Lleno de caras muertas y desaparecidas. Lleno de amigos que se han ido para siempre. No olvidaré mientras viva la noche que mataron a Rosy Rosenthal. Éramos seis a la mesa, y Rosy habÃa comido y bebido mucho aquella noche. Cuando ya era casi de dÃa, el camarero se le acercó con un gesto raro y le dijo que alguien querÃa hablar con él en la calle. «Muy bien», dijo Rosy; y empezó a levantarse. Yo lo obligué a sentarse: «Que vengan aquà esos hijos de puta si quieren verte, Rosy, pero no se te ocurra salir de esta habitación». Eran las cuatro de la mañana, y si hubiéramos levantado las persianas habrÃamos visto la luz del dÃa.
—¿Y salió? —pregunté inocentemente.