El Gran Gatsby
El Gran Gatsby Cuando Jordan Baker terminó de contármelo todo hacÃa media hora que nos habÃamos ido del Plaza y cruzábamos Central Park en una victoria, uno de esos coches de caballos para turistas. El sol se habÃa hundido detrás de los edificios de apartamentos de las estrellas de cine en las calles Cincuenta de la zona oeste, y en el calor del crepúsculo se elevaban voces claras e infantiles, como una reunión de grillos en la hierba:
Soy el jeque de Arabia.
Tu amor me pertenece.
De noche cuando duermas
me arrastraré a tu tienda[13].
—Ha sido una coincidencia curiosa.
—No. No ha sido una coincidencia.
—¿Cómo que no?
—Gatsby compró esa casa porque Daisy vivÃa al otro lado de la bahÃa.
Asà que no sólo suspiraba por las estrellas aquella noche de junio. Y entonces Gatsby cobró vida para mÃ: de repente salió del útero de su esplendor inútil.
—Quiere saber —continuó Jordan— si invitarÃas a Daisy a tu casa una tarde para que luego se presentara él.