El Gran Gatsby

El Gran Gatsby

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Creo que, por un momento, los tres pensamos que se había hecho pedazos contra el suelo.

—Hace muchos años que no nos vemos —dijo Daisy, con la voz más neutra posible.

—Cinco años el próximo noviembre.

La respuesta automática de Gatsby nos paralizó un minuto más por lo menos. Los había hecho levantarse con la sugerencia desesperada de que me ayudaran a preparar el té en la cocina cuando la finlandesa del demonio lo trajo en una bandeja.

Entre la oportuna confusión de tazas y pasteles se estableció cierta cordialidad física. Gatsby se retiró a la sombra y, mientras Daisy y yo hablábamos, nos miraba alternativamente a uno y a otro, a fondo, con ojos llenos de tensión e infelicidad. Pero, puesto que la serenidad no era un fin en sí mismo, me excusé en cuanto pude y me levanté.

—¿Adónde vas? —preguntó Gatsby, alarmado.

—Volveré.

—Tengo que hablar contigo antes de que te vayas.

Me siguió a la cocina, descompuesto, cerró la puerta, y murmuró totalmente abatido:

—Dios mío.

—¿Qué pasa?

—Ha sido un error terrible —dijo, negando con la cabeza—, un error terrible, terrible.


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